Photo "Tulip". 1984, by Robert Mapplethope

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"Me doy a mi misma buenos consejos pero rara vez los sigo"...
Lewis Carrol "Alice in Wonderland"

miércoles, 7 de octubre de 2015

"BERTA ANTE EL ESPEJO O LA TERRIBLE REALIDAD DE LA ANOREXIA" (M.A.M.)

Berta no se gusta, nunca se ha gustado y piensa que jamás llegará el día en que se guste. No obstante y, aunque parezca paradójico, Berta sabe que resulta atractiva, le consta que gusta. Así lo corroboran sus compañeros de trabajo con sus estúpidos piropos o sus manidas insinuaciones, al igual que lo confirmaron en su día sus compañeros de facultad y, remontándonos más atrás, los niños con los que jugaba en la calle.

Pero Berta no se gusta. Cuando se mira en el espejo lo único que ve es un conjunto de imperfecciones, una amalgama de errores.

Pero es que a Berta también detesta su forma de ser. Su carácter vehemente le irrita, sus obsesiones le desquician, su tendencia a la tristeza y al dramatismo la superan pero es incapaz de luchar contra ello, salvo con la ayuda de innumerables pastillas que controlan su depresión, ansiedad o insomnio.

La única vocación que ha tenido Berta ha sido la gimnasia rítmica. Durante años tuvo que luchar para que su cuerpo se transformara ganando elasticidad, flexibilidad, ductilidad, plasticidad; sus empeines lograron curvarse hasta casi la fractura; su cuello alargarse; su pecho prácticamente desaparecer y, por encima de todo, su principal obligación, conservó su cuerpo de adolescente. Mentalmente debía estar preparada para recordar complicadas coreografías que todos los días variaban pero eso era lo que menos le preocupaba.

Hasta la entrada en la adolescencia, Berta fue feliz. Sí, aunque pueda parecer una afirmación simplona, su vida era a sus ojos perfecta. Adoraba a sus padres, quería a su dos hermanos; se sentía parte de una familia impecable, intachable, inmejorable. Además estaba locamente enamorada. A los trece años conoció a un chico, cuatro años mayor que ella, Daniel, que se convirtió en el protagonista de su particular idea del amor perfecto.

Dos años después, todos los cimientos que sustentaban esa vida se tambalearon hasta caer estruendosamente.

Las obligaciones laborales de su padre, le obligaron a cambiar de ciudad, dejando atrás lo que, hasta entonces, había sido su vida. Daniel aún no la había besado, ni tan siquiera tocado y su cuerpo empezó a desarrollarse de una manera que escapaba de su control.

Fue entonces cuando empezó su lucha contra sí misma pero sin ser plenamente consciente del inicio de una batalla que iba a alargarse en el tiempo hasta la edad adulta.



Berta empezó a odiar la imagen que le devolvía el espejo. Se negaba a crecer. Detestaba su cuerpo hasta el asco y aún detestaba más su forma de ser, su carácter, en definitiva, su personalidad. Se culpó de todo lo que había ocurrido; ella y solamente ella era la causante del desmoronamiento de su, hasta entonces, perfecta vida.

La lucha contra su físico le resultó hasta cierto punto fácil. Nunca había respondido a unos cánones estrictamente femeninos. Sus pechos eran diminutos, sus hombros anchos, apenas tenía caderas y, sobre todo, era fibrosa. No existía en ella un ápice de grasa y así deseaba seguir.

Tan solo habían pasado diez meses y ya había logrado adelgazar once kilos. Al principio le resultó un poco complicado luchar contra el hambre pero su fuerza de voluntad junto a su carácter obsesivo y perfeccionista le permitió mantener a raya su apetito. Además pronto descubrió algo que iba a facilitarle mucho su camino hacia la perfecta delgadez. Un día leyó en un libro de historia algo referente a las bacanales romanas y la costumbre que tenían los asistentes de provocarse el vómito para, de esa manera, aligerar sus estómagos y seguir comiendo. Berta supo que, desde ese momento, iba a lograr un control absoluto sobre su cuerpo.

Sin embargo, Berta no contaba con un acontecimiento que iba a trastocar su vida drásticamente. Alcanzar la perfección corporal le condujo al abandono de lo que había sido su única vocación, la gimnasia rítmica. Con 38 kilos de peso apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie por lo que, poco a poco, se vio obligada a abandonar para siempre las maravillosas coreografías que realizaba con las cintas sobre el tapiz.

Tampoco entraba en sus planes la rebelión de su propio cuerpo contra sus deseos. Una vez alcanzado el límite de la inanición en lugar de morir, como era su deseo en esos momentos, su organismo aprendió a subsistir ralentizando su metabolismo algo que casi lleva a Berta a la locura.

Un día, ante el espejo, se descubrió con la maquinilla que utilizaba su padre para cortarse el pelo en la mano y, cuando quiso darse cuenta, había afeitado completamente su cabeza. Cuando volvió a mirarse al espejo, el odio que se tenía era inconmensurable. Se acercó a la cocina, cogió un afilado cuchillo, regresó al cuarto de baño, cerrando tras de sí la puerta, y como si fuese algo que hubiese hecho a lo largo de toda su vida, comenzó a rajar lentamente sus piernas y brazos. Estaba tan absorta en lo que hacía que no sintió ningún dolor, tan solo notaba el calor de la sangre surcando su piel.

Aunque sus padres eran conscientes del deterioro físico de Berta, jamás se enteraron de lo que sucedía en aquel cuarto de baño trastocado en cuarto de torturas. Su hija se había convertido en una gran desconocida, alguien siempre a la defensiva, una persona que destilaba odio a todo aquello que limitase las nuevas reglas que regían su vida. En una ocasión que lograron ingresarla en una unidad específica para los trastornos de alimentación, Berta se escapó del hospital y estuvo desaparecida casi tres días, tres interminables días que casi enloquecen a sus padres.

Berta decidió estudiar derecho y cinco años después, además de un expediente plagado de matrículas de honor, tenía en su mano su flamante título de licenciada lo que le permitió entrar a trabajar en un bufete de abogados de gran prestigio de su ciudad e independizarse de sus padres. Sin embargo, su paso por la universidad no conllevó una implicación en la vida estudiantil. Obvió a todos sis compañeros e hizo caso omiso a cualquier tipo de insinuación.

Berta nunca había entendido la atracción que despertaba entre los hombres. Si ella se aborrecía, ¿cómo era posible que alguien la viese minimamente atractiva? y, si eso es así, ¿por qué Daniel, ya convertido en su eterno amor platónico, jamás había deseado abrazarla, acariciarla, besarla?. Hubo de pasar mucho tiempo para comprender que él era realmente su alma gemela pero que, por el mismo motivo, jamás podrían estar juntos. Daniel era un ser inseguro que buscaba frenéticamente la perfección, una persona que vio en Berta el espejo en el que reflejarse y a su vez la persona que le recordaba cuán imperfecto era.

Berta ha logrado un prestigio laboral intachable así como un estatus social inmejorable. Sin embargo, nadie sabe que tras su pelo corto se esconde la oscura tentación de afeitarse nuevamente la cabeza, ante el más mínimo revés; que tras su increíble delgadez se oculta una dieta draconiana a la que ya está acostumbrada; que bajo las tupidas medias que cubren sus piernas existen un sinfín de cicatrices de heridas, tan bien realizadas, que a penas son pequeñas líneas sobre la piel...pequeñas pero infinitas y que su eterna tristeza, su insomnio, su ansiedad eran controladas por innumerables pastillas.

La semana pasada, tras una revisión rutinaria, le han diagnosticado un cáncer de mama. Por supuesto, no se siente ni con fuerzas ni con ganas para hacer frente a este nuevo revés.

Como si de un rito se tratase, se adentró en su cocina donde elaboró una enorme fuente de espaguetti a la carbonara que, tras engullir, vomitó con una facilidad asombrosa. Se acercó al cuarto de baño y, frente al espejo, afeitó una vez más su cabeza. Llenó la bañera de agua casi hirviendo y, una vez sumergida, tomó suavemente una cuchilla con la que, de una manera absolutamente delicada, atravesó las venas de las muñecas de sus dos manos que, seguidamente, sumergió en el agua.

Al día siguiente, la señora que la ayuda a realizar la limpieza de su casa la descubrió en la bañera, sumergida en un agua teñida del rojo de su sangre. Junto a ella, tres cajas vacías de ansioliticos, antidepresivos y somníferos...por primera vez en mucho tiempo, su rostro mostraba la serenidad que hacía demasiados años que había perdido.

Su mente ganó la batalla gracias a lo cual su cuerpo por fin se liberó.



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